En un mundo tan complejo y confuso como éste, puede resultar enormemente tranquilizador encontrarse ante un conflicto en el que la frontera entre el bien y el mal está absolutamente clara. Muchos ciudadanos de los países ricos están deseosos de comprar historias con respecto a las cuales puedan posicionarse cómodamente y emitir una condena que les permita tranquilizar un poco sus torturadas conciencias de privilegiados (sin poner en peligro su bienestar, claro está).
Puesto que existe esa demanda, los medios de comunicación hacen de vez en cuando completos seguimientos de
conflictos remotos y
los venden como episodios de una gran lucha entre el bien y el mal. El último caso es el de los
disturbios del mes pasado en Lhasa entre independentistas tibetanos y las fuerzas de seguridad chinas; una situación en la que
es enormemente difícil saber la verdad de los hechos desde el momento en que las autoridades chinas expulsaron a todos los periodistas extranjeros de la ciudad.
Fotografía de los disturbios de Lhasa en marzo
La imposibilidad de presenciar las cosas directamente no importa demasiado, pues
los papeles ya han sido asignados, sin matices: la violencia es fundamentalmente china (hasta el punto de que se han publicado como tomadas en China fotografías tomadas en Nepal en las que la policía de ese país golpeaba a manifestantes tibetanos) y se tiende a minimizar el hecho de que,
al contrario que las protestas en Birmania del pasado mes de septiembre, la de los independentistas tibetanos no fue una protesta pacífica: agredieron a muchos ciudadanos chinos, saquearon cientos de negocios e incluso
llegaron a incendiar la mezquita de la ciudad (un incidente que ha tenido muy poco eco en los medios).
No ha de haber ninguna vacilación en denunciar y condenar la brutalidad de las fuerzas del orden chinas, pero tampoco exite ninguna razón para pasar por alto ni justificar la de muchos independentistas tibetanos contra algunos de sus conciudadanos. De hecho, el propio Dalai Lama
se ha visto obligado a distanciarse de dichos incidentes y ha pedido a sus compatriotas que no usen la violencia.
El
debate sobre la soberanía de Tíbet es enormemente complejo y
muy crispado; como casi siempre en estos casos, cada parte interpreta la historia a su favor y busca los antecedentes que más le convienen para apoyar su postura.
Mi ignorancia me impide entrar en el tema. En todo caso, lo que sí parece estar claro es que el Dalai Lama firmó en 1951 un acuerdo de 17 puntos en el que, como jefe de Estado,
reconocía la soberanía china a cambio de un alto grado de autonomía. En realidad, lo que el Dalai Lama ha venido reivindicando desde que se exilió en 1959 no es la independencia sino una mayor autonomía, siempre dentro de China. Pero en los últimos tiempos, ha surgido un nuevo movimiento, sobre todo entre los jóvenes en el exilio que
rechazan la “vía media” del Lama y quieren una independencia completa.
Son estos tibetanos “más lamistas que el Lama” los que han iniciado un movimiento en contra de la celebración en China de los juegos olímpicos que ha convertido la carrera de la antorcha olímpica en un auténtico dolor de cabeza para las autoridades chinas y las de aquellos países por los que pasa.
El movimiento en contra de los Juegos Olímpicos ha adquirido tales dimensiones que no sólo hay protestas en todo el mundo en contra de los mismos, sino que además muchos líderes mundiales están a punto de boicotear los juegos: el secretario general de la ONU ya ha anunciado que
no acudirá a la ceremonia de inauguración y la Unión Europea ha anunciado que no descarta boicotear Pekín 2008.
Lo más curioso de todo es que el propio Dalai Lama defiende la celebración de los Juegos Olímpicos en Pekín, temeroso quizá de enemistarse demasiado con el Gobierno chino y perder la posibilidad de futuras negociaciones.
Uno tiene la sensación de que hay algo impostado en la indignación de los dirigentes de las naciones llamadas democráticas en contra de China por su brutalidad contra el pueblo tibetano y no puede menos que sospechar que se trata tan sólo de una burda maniobra de propaganda para erigirse en adalides de los derechos humanos, algo que cada día es más evidente que no son. Veamos un par de ejemplos:
El más evidente lo encontramos en
Israel, donde son frecuentes las manifestaciones frente a la embajada china en protesta por la ocupación de Tíbet. Podría sonar a broma si no fuera tan trágico: muchos israelíes, ciudadanos de un país que
ocupa brutalmente unos territorios saltándose la legalidad internacional, critican a China por mantener una soberanía perfectamente legal sobre un territorio cuya independencia nadie reconoce. Lo más grotesco es que,
como señalaba recientemente Gideon Levy en el diario Haaretz, el presidente de la asociación de Amigos Israelíes del Pueblo Tibetano, Nahi Alon, es un hombre que estuvo involucrado en el asesinato de dos palestinos en 1967.
Sarkozy con Hu Jintao, el pasado mes de noviembre
En
Francia se encuentra uno de los líderes más indignados por la situación en Tíbet: Nicolás Sarkozy (el marido de Carla Bruni). Su secretaria de Estado para los derechos humanos, Rama Yade
exigió en nombre del Gobierno francés “el fin de la violencia contra la gente y la liberación de prisioneros políticos, una investigación de lo que ha sucedido en Tíbet y el comienzo de diálogo con el Dalai Lama” y añadió que esas son las condiciones para que Sarkozy acuda a la ceremonia de inauguración de los Juegos Olímpicos, decisión que tomaría tras consultar a sus homólogos europeos.
Vistos los
fuertes lazos comerciales que unen a la Unión Europea con China, su
amenaza de boicot a los Juegos Olímpicos de Pekín suena todavía más grotesca. Al fin y al cabo dicha
medida es meramente simbólica, puesto que los Juegos Olímpicos no son más que una especie de navidades de las relaciones internacionales: un periodo de tiempo limitado y programado para pretender que se vive de acuerdo con unos valores que fuera de ese contexto se consideran ridículos o como mínimo ingenuos. Reprochar a China su incompatibilidad con el espíritu olímpico es aún más grotesco si tenemos en cuenta que nada ha cambiado realmente allí desde que se le concedió la organización de los juegos.

La antorcha olímpica, a su paso por Pakistán
El historial de
atentados de China contra los derechos humanos no se limita ni mucho menos a su dominio sobre el pueblo tibetano ni empezó el mes pasado.
La mayoría de los chinos son víctimas de un régimen totalitario que ejerce una represión brutal sobre su pueblo sin que su proceso de apertura hacía una economía de mercado capitalista se esté viendo acompañado de un incremento de las libertades políticas;
algo de lo que nadie habla estos días en que parece haber cierto consenso en que las víctimas son otras.
Además, hay otras minorías étnicas oprimidas por el Gobierno chino. Etnias como los
uigures, musulmanes que son relegados a ciudadanos de segunda clase en su propia tierra, la Región Autónoma de Xinjiang: allí los uigures carecen de libertad religiosa, les es negado el acceso al mercado laboral en favor de los chinos han a los que las autoridades chinas desplazaron masivamente a la región para colonizarla y son víctimas de la brutalidad policial. (Sobre la situación humanitaria de los uigures en Xinjiang, veánse, ambos en pdf, los informes de Human Rights Watch
Devastating Blows: Religious Repression of Uighurs in Xinjiang, publicado en abril de 2005, y de Amnistía Internacional
People's Republic of China: Uighurs fleeing persecution as China wages its "war on terror", publicado en julio de 2004).
En 2001, tras el 11 de septiembre, el Gobierno chino se apuntó a la "guerra contra el terror" lanzada por Estados Unidos y aprovechó para incluir a las organizaciones nacionalistas uigures en ella, lo que endureció aún más la represión contra esta etnia. Muchos de ellos huyeron a países vecinos. Estados Unidos detuvo a 22 uigures en Afganistán después de la invasión y los llevó a Guantánamo, donde se permitió a agentes de los servicios secretos chinos que los interrogaran. El ejército estadounidense pronto llegó a la conclusión de que 18 de ellos eran inocentes y no tenían ninguna relación con al-Qaeda; a pesar de haber sido declarados inocentes,
siguen en Guantánamo, pues una de las políticas de Estados Unidos es no devolver a los prisioneros a países en los que pueden ser perseguidos.
Unas víctimas se ponen de moda y otras no, y normalmente eso
depende de quién las apoya. A los tibetanos budistas les apoyan Richard Gere y Nancy Pelosi, a los uigures de Xinjiang no les apoya prácticamente nadie. Además,
como señalaba ayer Slavoj Zizek en una carta publicada en London Review of Books, el apoyo mundial a Tíbet también se debe a que para Occidente se ha convertido en una "entidad mítica en la que proyectamos nuestros sueños". El budismo se ha convertido en la religión humanitaria por antonomasia, la religión que concita apoyos de casi todas partes porque "no es una religión, sino una filosofía" para vivir mejor.
El Dalai Lama con Nancy Pelosi en India
Y si el budismo new age para occidentales es "una religión sin religión" que no compromete demasiado al que la practica (de hecho, muchos budistas afirman que incluso es compatible con otras religiones), la "causa tibetana" es "política sin política" que no exige valentía ni asumir ningún riesgo real ni amenaza con ningún cambio del sistema en el que la mayor parte de los activistas occidentales pro-tibetanos viven, como muestra el caso de los israelíes que se oponen a la "ocupación" china y no dicen nada de la israelí en Palestina.
En
el otro extremo se encuentran los que sobredimensionan las implicaciones políticas de la situación en Tíbet,
conspiranoicos que ven la mano negra de la CIA en todas partes y
reducen el nacionalismo tibetano a los manejos de Estados Unidos para arrebatar el poder a los chinos. (Se dio un caso muy parecido con
Birmania: hubo quien quiso leer la "Revolución de Azafrán" como una maniobra de Estados Unidos para hacerse con sus recursos naturales poniendo en el poder a un gobierno amigo; si ese era el caso, está visto que la CIA ya no es lo que era.) Los que sostienen este tipo de teorías conspirativas,
como dice Samuel en el blog Quilombo, sólo atienden a la propaganda ajena, occidental o china, para así poder construir la propia.
Uno podría pensar que lo que realmente desean tanto los aficionados a la política sin riesgos como los revolucionarios conspiranoicos es encontrar una narrativa maniquea en la que se puedan sentir seguros e instalarse cómodamente. En ambos casos se leen (y elaboran) los medios no en busca de la verdad, sino de lo que previamente se esperaba encontrar en ellos. Los políticos interpretan su papel con astucia y, conscientes de que la realidad es mucho más compleja, se llevan los beneficios políticos y a menudo económicos. Mientras tanto, los tibetanos, los chinos y los uigures continuan siendo víctimas sin posibilidad de participar en el juego.
Otro muy interesante artículo visto en En este mundo, ahora que están tan de moda unos temas, y tan olvidados otros.